Siempre he sentido una profunda simpatía y una gran admiración por aquellos ateos que realizan un cuidadoso y metódico esfuerzo por justificar racionalmente sus convicciones sobre la no existencia del mundo espiritual. Y es que “no creer – como acertadamente indica Milan Kundera- (permanente y sistemáticamente, sin un momento de duda) requiere un enorme esfuerzo y exige entrenamiento... porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal.”1
Ivan Ortega-Blake, un importante físico mexicano que fuera mi tutor principal durante los estudios de posgrado y que actualmente ocupa el cargo de director de la Unidad Mérida del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, me dijo una vez, desde su ateísmo militante y durante el transcurso de alguna de las innumerables charlas que tuvimos sobre el particular: “es para ser ateo, para no creer en un Dios, para lo que se requiere verdadero valor a lo largo de la vida.”
Esfuerzo, valor y entrenamiento resultan ser entonces tres de las características indispensables de todo buen ateo ¿cómo no admirar estas cualidades en cualquier ser humano? Y si a ellas aunamos un pensamiento lúcido, tenemos entonces una figura cautivante, muy al estilo de Carl Sagan, el célebre difusor de la ciencia, o de Richard Carrier, el notable historiador de la universidad de Columbia y alma de la Secular Web.
Es por todo ello que me causa tanta tristeza el clima de linchamiento que el Ministerio para la Familia de Alemania está generando en torno de Michael Schmidt-Salomon, otro ateo magnífico y presidente de la Fundación Giordano Bruno, institución que tiene como objetivo central el contribuir a la difusión del pensamiento laico dentro de Alemania (www.giordano-bruno-stiftung.de).
El problema surgió porque Schmidt-Salomon escribió un libro para niños en el que se concluye que, o Dios no existe, o resulta imposible encontrarlo dentro de los ritos y enseñanzas de las sinagogas judías, las mezquitas musulmanas y las iglesias cristianas.

Michael Schmidt-Salomon
La obra en cuestión se titula “¿Cual es el camino hacia Dios?” preguntó el cerdito (Wo bitte geht’s zu Gott? Fragte das kleine ferkel); fue escrita para tratar de ayudar a los padres de familia ateos y agnósticos que desean contrarrestar la influencia de la literatura infantil que incluye conceptos de tipo religioso, y no es otra cosa que el relato de las peripecias que un cerdito y un erizo tienen con un rabino ultraortodoxo, un obispo cristiano y un imán musulmán en su búsqueda del verdadero camino hacia Dios.
Pero las conclusiones que el erizo y el cerdito obtienen al final de sus aventuras provocaron, entre otras reacciones, que el Ministerio para la Familia solicitara a la Central para Escritos Peligrosos para la Juventud de Alemania que incluya esta obra en la lista de libros no recomendables para los niños y los jóvenes.
La decisión de la Central debe ser dada a conocer durante el mes de marzo de 2008, pero por diversas declaraciones de múltiples grupos sociales es de esperar su inclusión en la lista de libros peligrosos con argumentos del tipo “incitación al odio”, “burla de la religión”, “promoción del antisemitismo”, etc.
Y así, de una manera tan burda y patética, aquellos que creemos en la existencia de Dios con tanta convicción como creemos en las bondades del pensamiento racional corremos el riesgo de que otra vez se pierda una magnífica oportunidad para iniciar el debate, para responder con diez, cien, mil libros lúcidos donde el cerdito y el erizo encontrasen otras tantas respuesta plausibles a su búsqueda; otra oportunidad malograda para, esta vez en la arena de las mentes infantiles -¡Ay! Ahí donde resulta más necesario!- mostrar de nueva cuenta el enorme poder que el pensamiento lógico, metódico, científico provee en la búsqueda de Dios y del mundo espiritual.
Pero no. Los mediocres, los paralíticos mentales de siempre, los torquemadas de la actualidad, solo saben manotear y chillar, agredir y gritar, haciendo el debate serio sumamente difícil. No en vano Jesús de Nazareth les espetaba al rostro “¡Ay de ustedes, intérpretes de la voluntad de Dios, porque han eliminado la llave del conocimiento, de tal forma que no sólo ustedes dejaron de alcanzarlo, sino que además impidieron que los otros lo alcanzaran!”.2
Yo no sé usted, estimado lector(a), pero yo jamás leí un libro “para niños”, ni cuando era un mocoso ni cuando fui adulto; esos libros con sus tapas coloreadas y su lenguaje insulso me aburrían enormemente, y sin embargo ahora...Dicen los expertos que escribir un buen libro para niños es una empresa realmente difícil, y a mí jamás se me hubiese ocurrido emprender semejante esfuerzo. Hasta hoy. 3