Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Click Aqui Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Página  de Inicio Publica Aquí tus Eventos Enterate de los próximos Cursos Consulta Aquí nuestra Revista Electrónica Publica aquí tus Avisos a la Comunidad GRATIS Publica aquí tus Memoria de Eventos Publica aquí tus noticias Tienda Mapa Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido Bienvenido
Bienvenido
Revista Electrónica Expresión Espiritual / Biblioteca
Biblioteca

Artículos de Opinión

Temas:

plumita
Dialogo Ecuménico
e Interreligioso

 

Editoriales

Noticias

Libros

Memorias

.

 

EN FAVOR DE LA LIBRE DECISIÓN

EN FAVOR DE LA LIBRE DECISIÓN
Por Luis F. Venegas

 

A menos de que algún inquisidor me venga a examinar y me repruebe, puedo decir que soy cristiano. Y sé lo que significa decir eso en un mundo que presume ser cada vez más secular aunque en la práctica uno se sorprenda de la religiosidad que aflora por todos lados, a veces en su versión más tristemente radical. Pues bien, yo, que soy cristiano, me declaro en favor de legalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta antes de la semana doce. !Que enredo! ¿Por qué no decir que estoy a favor del aborto? ¡Pues porque no lo estoy! No se trata de cuidar el lenguaje, de escribir con asepsia para no terminar de herir las sensibilidades de aquellos que quizá no lleguen a esta línea. No. Basta de eufemismos y de darle la vuelta al tema: estoy a favor de que una mujer decida libremente, es decir, sin temor de ir a la cárcel, qué hacer con su cuerpo. Pero, y he aquí el meollo, yo no lo recomendaría ni lo practicaría: estoy a favor de la vida y de que el ser humano tome responsabilidad de sus actos.

Uno podría empezar por reflexionar en qué momento el ser humano es ser humano. Podríamos ir a la doctrina de los Concilios y concluir que la vida empieza desde el mismo momento en que hay fecundación (cosa por lo demás curiosa porque ningún padre conciliar -no de los primeros cinco o siete concilios- conocía científicamente el proceso de gestación). También, como hace poco recordó Küng, podríamos decir con Santo Tomás que no se puede hablar de alma cuando el ser humano está en el vientre materno (otra metáfora pues en realidad el ser humano se desarrolla en la matriz femenina). Y en fin, preguntarse si el hombre es verdaderamente capaz de responder tan peliaguda pregunta, cuestionar por qué un feto tiene derecho de vivir hasta el día 60 pero no al 61, decir que el cristianismo cree en un Dios de vida (aunque las muertes que entre cristianos han ocurrido en dos mil años no permiten que el escéptico esté tan seguro de ello), que la vida humana es, como diría Kant, un imperativo categórico. Y todo eso será cierto. Para el cristiano, el aborto está prohibido (qué fea palabra en un ambiente cristiano).

En efecto, la vida es un fin en sí mismo. Pero es probable que miles de personas (de mujeres) no estén de acuerdo en este valor. Que es superior, que es divino, que es cristiano, y que hay que defenderlo no cabe duda. Pero ¿qué cristiano con dos dedos de mente estaría a favor de imponer a la fuerza (activa o pasiva) nuestros valores por muy dignos y superiores que éstos sean? Dice la multicitada regla de oro: “haz con los demás como quieras que hagan contigo”. Si nuestros hermanos misioneros en países represores vieran  una reforma a favor de la libertad de credo, seguro que festejarían con bombo y platillo. Y  nosotros también. ¿Nos gustaría que, por ser (supuestamente) minoría, nos prohibieran reunirnos, cantar y rendirle culto a Dios tal como lo hacemos hoy? ¡Claro que no! Seguramente protestaríamos. Diríamos que creemos en la libertad de cultos, que el Estado no tiene derecho a meterse en la vida interna de las iglesias y menos en las conciencias de los creyentes. Y sin embargo, con temas como las uniones homosexuales, el aborto y la eutanasia, saltamos y defendemos nuestros valores como si los de ellos fueran deleznables. A veces creo que hay más de política que de sana doctrina en todo esto.

Pablo manda a obedecer a las autoridades (Rom. 13.1-7, con todo y que este pasaje se preste a más de una interpretación). Desde San Agustín hasta Küng, pasando por Calvino y por los “seculares” Locke y Hobbes, el debate sobre la participación de cristianos en política no ha tenido una conclusión decisiva. Unos decían que, incluso si el gobernante es déspota, no se valía sublevarse (Hobbes); otros que en casos extremos, los miembros de un Estado podrían levantarse contra sus gobernantes (Locke). En la práctica, las iglesias han tenido más una actitud de veleta que de real y verdadera posición fundamental frente a la política. Cuando los vientos políticos les beneficiaron, las iglesias dijeron que, como lo decía Pablo, los gobernantes (arjontes) estaban ahí para el bien de los fieles. Si te portas mal puedes acabar en la hoguera (pero a los diversos “pro vidas” se les olvidan los autos de fe que bendecían sus pastores), si te portas bien tendrás el cielo asegurado. Cuando los vientos políticos soplaron en su contra, las iglesias se volvieron las víctimas de una edad de impiedad donde el anticristo era visto en cualquier gobernante (¿arjonte?). De Constantino a Stalin las iglesias cristianas han sabido acomodarse, enviar bendiciones o anatemas según convenga.
Y ahora, en el México del siglo XXI, con  guerra cristera incluida (aunque esto pasó en el lejano siglo XX), resurgen las voces cristianas que dicen defender la vida pero que no hacen mucho para que sus huestes más radicales dejen de molestar a los diputados, por lo demás también recalcitrantes. Pero, ¿por qué se nos olvida que el mismo apóstol escribió: “No me toca a mí juzgar a los de fuera; Dios será quien los juzgue (1 Cor. 5.12)”? Simple: porque las iglesias siguen añorando unas y anhelando otras, tener mayor control sobre una población que se dice miembro de alguna congregación pero que no acepta los dictados de ella. Ahí está el 60% que está a favor de la despenalización en el D.F. O son “falsos cristianos” o sus pastores no están haciendo bien su trabajo.

Y es que, una vez que la ley se apruebe, el fondo del asunto va a estar en eso: en que los ministros, pastores, guías espirituales no están haciendo bien su trabajo. Una feligresía que dice sí a esa ley “por si las dudas” no revela la impiedad de los diputados sino la impericia de un grupo dirigente que es incapaz de transmitir sus enseñanzas no en papel o en palabras sino en la mente, alma y corazón de sus fieles. Si hay algunos buenos cristianos que siguen prohibiendo el uso de preservativos, ¿por qué irse contra los diputados, que al fin cumplen con su trabajo, y no contra la irresponsabilidad de hombres y mujeres que quieren gozar de la sexualidad pero no de sus consecuencias? Si dicen que el mejor método anticonceptivo es la abstinencia (nadie se atrevería a opinar que la castración es mucho más eficaz), ¿por qué no decir que la mejor ley antiaborto es evitar embarazarse? El chivo expiatorio de todos esos buenos cristianos que dejan exhibir su trasnochería será la Asamblea Legislativa (nietos de Juárez, dirá más de uno); pero en realidad se legisla una realidad: se practican miles de abortos al año y eso pone en riesgo la vida de la mujer y del feto, que, en los peores casos, sí es asesinado por no contar con ningún tipo de cuidado profesional.

Los no cristianos seguramente rechazan los medievales y pueriles métodos que sugieren algunos líderes cristianos. Nosotros, como cristianos, ¿estaríamos de acuerdo en una ley que prohíba la abstinencia? ¡Es absurdo! Pues igual de absurdo es oponerse a una ley que seguramente será aprovechada por no cristianos (¿o la usarán los cristianos también?). Que legislen. No temamos a la libertad, cristiana o no. ¿ Dónde está el Espíritu hay libertad? No es el tipo de libertad que pensaban los ilustrados del siglo XVII. Es la libertad de amar a Dios. En Dios, dice Pablo, somos libres de elegir ser sus esclavos. Y si somos verdaderamente sus siervos, no tendremos miedo a legislaciones que ni siquiera vamos a utilizar.

Esto es quizá un llamado a los pastores cristianos: dejen de hacer alarde de fuerza social, de entrar a politiquerías, no pueden usar las armas políticas porque éstas son en buena parte muy mundanas y por lo tanto están condenados a la derrota. En lugar de eso, dediquen su tiempo a convencer, reprender, animar y enseñar a sus ovejas. ¡Prediquemos la palabra, el Evangelio! Dejemos las vanas palabrerías y dejemos que Dios sea el juez, no nosotros.

A fin de cuentas, el cristianismo es la más seria, profunda y trascendente decisión, y se toma en un ambiente de libertad: nadie puede forzar a otro a seguir a Cristo. Sí: a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

<Regreso a la Página principal

 

Artículos de Opinión

Clave de este Documento: 0021B

Luis_Venegas
Luis F. Venegas

Nota Importante: Expresión Espiritual presenta esta información como un servicio a la comunidad.
La veracidad y las opiniones de lo aquí presentado es responsabilidad los autores y
expresan su opinión personal la cual puede no coincidir
con la de los editores.