¿ES EL APOCALIPSIS EL LIBRO DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS?
Por P.Donato Ramírez M.S.P.
“Felipe le preguntó:¿Entiendes lo que está leyendo? El Etiope le contestó: ¿Cómo voy a entender si no tengo quien me lo explique? Enseguida invitó a Felipe a que subiera y se sentará a su lado”(He. 8, 30-31).
Hoy las interpretaciones que se hacen de la palabra Apocalipsis son sinónimo de catástrofe, de una etapa de destrucción. Muchos quieren encontrar en el Libro de la Revelación una descripción del cataclismo que ha de poner fin a nuestra historia. la ignorancia bíblica, apoyada por las producciones cinematográficas, las interpretaciones tendenciosas, junto a las profecías de visionarios y adivinos; futuristas y pseudo revelaciones privadas, que sobre el libro hacen diversas sectas, provoca en la gente no solo confusión, sino peor aún, miedo y angustia.
Si no situamos el libro en su contexto histórico, tampoco podremos captar su marcado carácter pastoral. Los destinatarios son principalmente los cristianos que se hallaban entre la tentación de conformarse a la idolatría imperial (los nicolaítas) y la amenaza de perder la vida por su fidelidad al evangelio. Y es precisamente esa diferencia con los evangelios en los que se dice que hay que “anunciar la Buena Nueva a a toda la Creación” (Mc. 16, 15). Es a la Iglesia peregrina fuera del tiempo y del espacio. La finalidad es poner en guardia a las comunidades cristianas contra los diversos peligros que las amenazaban y darles una palabra de ánimo y de consolación que les ayudase a vivir los sufrimientos que tuviesen que soportar por su condición cristiana. Por eso este libro sólo se entiende cuando se lee como un manual para mártires. Desde la tranquilidad de los escritorios, jamás se entendería como lo entendieron los primeros lectores. Esta reflexión da paso en la hermenéutica del Apocalipsis y se realiza en el contexto litúrgico de la Ekklesía (1, 4)en donde se escucha y discierne.
El Apocalipsis presenta un relato trágico, en cuanto a que hace referencia concreta sobre persecución de la naciente Iglesia por el Imperio Romano, pero su objetivo fundamental es, ilustrar cómo pese a esta persecución, el reino de Dios prevalecerá. De esta forma, el libro del Apocalipsis es en verdad un mensaje de buenas noticias. Estas revelaciones son expresadas bajo el género literario apocalíptico, el cual se caracteriza por la abundancia de simbolismos que hay que descifrar. Se pueden vislumbrar fuertes semejanzas entre los símbolos usados en la Revelación de Juan, y otros textos bíblicos del mismo género como lo es el libro de Daniel.
Se requiere de una cuidadosa lectura para percibir el mensaje consolador de este libro. El autor del Apocalipsis –que se identifica a sí mismo como Juan-, expone siete bienaventuranzas, este el número que representa la plenitud y perfección. Así pues, es posible entender que el libro es un texto de total bienaventuranza, las cuales son siete. Se encuentran a lo largo del libro y son las siguientes: 1,3; 14,13; 16,15; 19,9; 20,6; 22,7; 22,14;
Junto a otros los libros veterotestamentarios como Daniel, Joel y otros pasajes proféticos del Antiguo y Nuevo Testamento; es considerable la cantidad de espacio que la Biblia dedica al género apocalíptico, debe ser importante para Dios esta forma de dar su mensaje a los hombres.
El Apocalipsis fue, para sus primeros lectores, uno de los libros del Nuevo Testamento más fáciles de entender. Porque era familiar para la mayoría de ellos, así como también les eran conocidas las tradiciones mitológicas grecorromanas. Eso facilitaba mucho la comprensión del Apocalipsis de Juan. Este libro no contiene muchas ideas abstractas o argumentaciones teológicas, como los que presentan la lectura de Romanos o Hebreos. Es muy probable además que Juan fuera el pastor de ellos y que, por tanto, conocieran personalmente al autor, su pensamiento, su manera de expresarse y hasta su humor.
Para interpretar hoy este mensaje, la situación resulta muy diferente. Tantos siglos han pasado y ahora el Apocalipsis se c
onsidera el libro más difícil de entender, mejor dicho, resulta el más fácil de malentender. “Pobre Apocalipsis”, dijo Lutero una vez, “es uno de los mártires más grandes de la historia de la iglesia.”
El origen de tal confusión es una incomprensión de lo que significa “profecía”, que se entiende esencial y exclusivamente como vaticinio, adivinación o augurio (oráculos griegos,) y no como “palabra viva y exigente de Dios a su pueblo” (Moisés, Amós, todos los profetas), incluya o no predicciones futuras. Quienes lo leen buscan sólo trágicas predicciones futuristas, sin captar el verdadero mensaje profético del libro.
Otras dificultades son el literalismo exagerado, el futurismo (buscando un máximo de referentes externos futuros e ignorar o minimizar las constantes referencias históricas), y el “verticalismo”, derivado básicamente de la filosofía griega (los estoicos son los precursores de la ascética y el castigo del cuerpo para agradar a la divinidad). Por eso, es muy natural que en sus últimos capítulos, el Apocalipsis tiene que terminar llevándonos al cielo. Sin embargo en Apocalipsis 21–22 no sube nada ni nadie, sino que es la Nueva Jerusalén la que desciende a la nueva tierra.
El Apocalipsis es probablemente el libro del Nuevo Testamento que más se relaciona con su contexto histórico, político y económico. Hace referencias frecuentes a los emperadores y sus reyes súbditos (17.9-12; 18.9-10), al comercio internacional (18.11-19), los precios de la canasta básica y la agroexportación (6.5-6); y el arma oficial del legionario romano (6.3-4). Hay muchos pasajes que sólo pueden entenderse a la luz de esas realidades históricas. Y es que muchos “intérpretes” sacan versículos aislados con supuestos sentidos “predictivos”, sin buscar el mensaje de dichos textos para sus propios contemporáneos y sin darle el debido énfasis al mensaje ético y sociopolítico.
Mientras los “sabios” expertos en “profecía” buscan mensajes críticos en este libro, los cristianos debemos ser como “niños de quienes es el Reino de los Cielos” (Mt. 19, 14) , para interpretar este mensaje. Si estudiamos la Palabra de Dios, es para que nos transforme, cambie nuestras ideas y por ende nuestras vidas. Las Sagradas Escrituras no son sólo para expertos en conocimiento bíblico, sino para escuchar al Señor, ser discípulos fieles, obedecer y comprometernos con su voluntad (Mt. 26, 39; Jn. 4, 34).
Hay una gran diferencia entre una visión apocalíptica y un oráculo pagano. En las visiones de Juan, los verbos están en tiempo pasado, ¡no en futuro! “Después tuve una visión...”(4,1); “Una gran señal apareció en el Cielo...”(12, 1); “Luego vi un cielo nuevo una tierra nueva...” (21,1); etc. Interpretar esa visión como un acontecimiento literal futuro es un paso de interpretación nuestra, no una revelación inspirada por Dios.
La interpretación literal es superior a la simbólica porque esta última puede ser subjetiva, es decir, a juicio de quien interpreta; sin embargo, esto no es aplicable aquí, deben entenderse literalmente sólo cuando claras razones así lo favorezcan. Las visiones pueden referirse a realidades futuras, pero no necesariamente serlo sino que pueden ser mensajes teológicos o espirituales (las trompetas y las copas probablemente simbolizanen los juicios de Dios, llamando a la gente al arrepentimiento, por ejemplo).
Apocalipsis 19.11 dice que “Juan vio el cielo abierto y un caballo blanco; el que lo montaba se llamaba fiel y Veraz” , y en vv. 15 “tenía una espada en su boca”. Aunque el texto no contiene ningún comparativo (“como” si fuera un caballo blanco, “parecía” un caballo blanco), el caballo blanco es obviamente simbólico: ¡Cristo no vendrá del cielo a caballo! Pero su venida es real (literal) y futura, aunque todos los verbos estén en tiempo pasado. La espada que sale de su boca simboliza su Palabra, y no es una espada literalmente hablando(Heb. 12,4).
Ningún otro escrito del Nuevo Testamento apela tanto a los sentidos de percepción como el Apocalipsis, el cual es una verdadera galería de pinturas:
La pobreza de imaginación creativa en un mundo pragmático, impide captar el mensaje del Apocalipsis. Suenan constantemente sonidos diversos —trompetas, arpas, truenos, gritos angelicales, coros de millones de voces, cataratas de agua— que deben resonar en nuestro oído y despertar el sentido acústico. Nada vale leer la palabra “trompeta” sin estar escuchando su peculiar resonancia. Es poderoso el olor en estas páginas: incienso, azufre (que ahora mismo podemos estar oliendo) y otros. Para el sentido del gusto, está el sabor agridulce del rollo que Juan tuvo que comer (10.10), el mal sabor del vómito (3.16) y el sabor de una buena cena (3.20). El sentido del tacto, en frases como “puso su mano sobre mí” o “tomó el libro en sus manos.” No basta pues explicar el Apocalipsis, sino vivirlo. Por eso es necesario entender las características de la comunicación visual.
El Origen literario del Género Apocalíptico debe buscarse, en la segunda mitad del Libro de Daniel (cap. 7-12) donde aparece la más temprana 'Literatura Apocalíptica'(c.a. 167 a. C.); esta clase de escritura que fue imitada y desarrollada hasta la destrucción de Segundo Templo(c.a. 70 d. C.). Su significado proviene del griego 'apo’ velo y ‘kalypto' descubrir, quitar. Su traducción sería algo así como “quitar el velo”: revelar. El apóstol Juan quien se hallaba recluido en la isla de Patmos (1, 9) le da el nombre de Revelación (1,1).
Existe un aspecto especialmente representativo: la diferenciación entre dos términos, interrelacionados pero distintos: apocalipsis y apocalipticismo. En el primer caso, se trata del Género literario mencionado, al relato definido por una serie de características estructurales y formales. El segundo, se relaciona con el fenómeno ideológico determinado por una serie de concepciones del mundo provenientes o contenidas principalmente en los apocalipsis de los diversos libros del A.T. y del N.T. pero esta vez mezclado con la literatura apocalíptica apócrifa y actitudes supersticiosas, fanáticas y milenaristas. Estas últimas interpretaciones desviadas, se remontan a la propia determinación del canon judío y cristiano de la Biblia. Es decir, no es nueva.
Si el libro del Apocalipsis tratara de desastres, no terminaría el autor expresando una optimista bienaventuranza, sino que por el contrario, un lamento como el de Jesús sobre Jerusalén “Al acercarse a la ciudad, lloró por ella...”(Lc 19,41-44). Anticipando así, su destrucción, la cual ocurriría en el año 70 d.C. Todo lo contrario, su enfoque cristocéntrico y cristológico; pues es el misterio de Cristo, Principio y Fin(1, 8), el que ilumina la vida del hombre, de la historia y del mundo; para seguir la lucha por la vida.
Termina como comienza: Dichoso el que lea...”( Ap. 1, 3); con un ardiente deseo de esperanza... “Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto. » ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!” (22,20-21)
<Regreso a la Página principal
|