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MENSAJEROS DE CRISTO

MENSAJEROS DE CRISTO
Por el P. Timoteo Torres
2005

Canciller de la Iglesia Ortodoxa Griega en México

Considero mi responsabilidad, después de haber vivido estos años de camino constante e interminable en lo espiritual y litúrgico, desde mi pobreza  compartir en el amor de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote a todos los miembros del clero algunos lineamientos pastorales, con el único fin de exhortar a cada uno y especialmente a mí mismo a que vivamos nuestro compromiso ministerial como verdaderos Padres Espirituales del rebaño que nos ha sido encomendado.

  Un famoso maestro se encontraba un día frente a un grupo de jóvenes que estaban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando éste se apaga en lugar de entrar en la hueca monotonía del matrimonio. El maestro les dijo que respetaba su opinión, pero les relató lo siguiente: Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un infarto. Cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y casi a rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, rebasando, sin respetar altos, condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por desgracia, ya había fallecido.

 Durante el sepelio, mi padre no habló; su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus hijos nos reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos hermosas anécdotas; él pidió a mi hermano teólogo que le dijera dónde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, conjeturas de cómo y dónde estaría ella. Mi padre escuchaba con atención, de pronto pidió que lo lleváramos al cementerio. "Papá", respondimos, "son las 11 de la noche! no podemos ir al cementerio ahora".

 Alzó la voz y con una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fué su esposa por 55 años". Se produjo un momento de respetuoso silencio, no discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador, con una linterna llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena conmovidos: "Fueron 55 años......¿saben?, nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer Hizo una pausa y se limpió la cara. "Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis. Cambié de empleo", continuó. "Hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos de ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad, y perdonamos nuestros errores... Hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben por qué?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto, que no me hubiera gustado que sufriera...".

 Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló: "Todo está bien, podemos irnos a casa; ha sido un buen día".

 Esa noche entendí lo que es el verdadero amor; dista mucho del romanticismo, no tiene que ver demasiado con el erotismo, ni con el sexo, mas bien se vincula al trabajo, al complemento, al cuidado y, sobre todo, al verdadero amor que se profesan dos personas realmente comprometidas".

 Cuando el maestro terminó de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle; ese tipo de amor era algo que no conocían.

 La vida nos dice que Dios, ve y entiende nuestra debilidad, nuestra flaqueza, y que El la carga sobre Sí. Cuando nos ordenamos Ministros de nuestra Santa Iglesia, asumimos el compromiso de tomar nuestra propia cruz y seguir al Señor, esto en verdad es justo ya que El se Encarnó, Predicó, Murió y Resucitó por nosotros para que lo imperfecto alcance la perfección y lo imposible llegue a ser posible. Sí, desde antes que los hombres pensáramos en  Dios, es Dios mismo el que sale al encuentro del hombre, a la búsqueda de la redención del género humano y así abrirnos paso a la deificación. Es Dios quien se manifiesta benevolente con el hombre, con su pueblo a pesar de que el hombre al caer se aleja de Dios inicia su camino de regreso a la nada de la cual fue formado, pues todo hombre que no esta en comunión con Dios esta muerto.

 Cuando se corta una rama de un árbol, ella no deja de existir, pero la pérdida de la savia que para el caso presente es la Gracia de la comunión permanente con nuestro Creador y Redentor, lleva a que el hombre se seque y sea inerte e infértil.

Lo que se debe resaltar aquí amados hermanos en el Sacerdocio es que antes que nosotros cargáramos nuestra propia cruz, Dios ya había  asumido el peso de nuestro error, por ello se dice que el Justo murió por los injustos.

 Es este amor el que hace que el Hijo se encarne, que la Trinidad se manifieste y al encarnarse el Hijo, quien es verdaderamente Dios y verdaderamente Hombre, es Dios que por iniciativa y caridad propia asume la tarea redentora de los hombre, trayendo el camino de la deificación al ser humano, quien mediante la lucha constante y permanente, la práctica cotidiana del evangelio,  mediante la oración, mediante el ejercicio de los Sacramentos y Misterios Divinos, llega a ser cada día mas perfecto, así como Su Padre es Perfecto, es decir a ser no solo imagen sino verdadera  semejanza Divina.

  Dios a su vez, quiere que el hombre mismo asuma la misión de la evangelización que es el instrumento que nos conduce a la deificación. Esa vocación especifica de la evangelización lleva a que el Señor elija dentro de el genero humano a determinadas personas para el Ministerio Litúrgico de la Iglesia.

 Por ello el Salmista exclama, que es el hombre para que te acuerdes de él, para que lo hayas revestido de honor y dignidad. El tan sentido, debo señalar mis muy amados hermanos, que el caso especifico de los Sacerdotes, de quienes sirven y ministran la Iglesia, el honor es mayor, pero aun mas es nuestra responsabilidad. Quien diferente a los presbíteros, tiene el poder de llegar hasta el altar y santificar con la fuerza de el Santo Espíritu, los dones que finalmente son el Cuerpo y la Sangre del Señor mediante la Epiclípsis.

 Claro está que el Ministerio de un Presbítero debe estar validado por la unión y comunión con la Iglesia y específicamente Con su Obispo, pero esto lo evaluaremos en otra ocasión.

 Los Reyes de la tierra, poder tienen para gobernar, pero no para servir en el altar donde Cristo mismo es quien se ofrece y es ofrecido.

 Esto no debe ser para vanagloria  nuestra, ya que no nos ha sacado del mundo, sino que nos ha colocado en el mundo para que en él sirvamos a quienes caminan los senderos del Evangelio en busca de la deificación. 

 No es gratis que se nos ha conferido el Ministerio, pues al que mas se le dio mas se le exige, somos portadores de tesoros que sobrepasan de manera trascendental los valores terrenales, nosotros tenemos el deber de administrar bienes celestiales, los cuales en la mayoría de los casos no alcanzamos a comprender en su total dimensión.

 No dice la Santa Escritura que los despreciable para el mundo Dios lo escogió para grandeza? Entonces que diremos hermanos, ¿que somos nosotros y no Dios el que nos ha traído al Ministerio?

 Entendamos entonces hermanos este servicio Divino como una vocación de servicio y no de ostentación, como vocación y servicio y no como profesión.  Acerquémonos por lo tanto al altar de Dios con  temor y amor a Dios. Cada ministro es apóstol, un enviado, y ello en comunión plena con Cristo nuestro Sumo Sacerdote y con los Obispos que son imagen de Cristo dentro de la Iglesia. Quisiera que  entendieran esto en el sentido de que si no asumimos responsablemente la tarea encomendada, podemos confrontar un juicio diferente por el ministerio que ejercemos y la misión que desempeñamos.

 No existe justificación alguna para nosotros, somos portadores del Ministerio y como tal no debemos lavarnos las manos como Pilatos, entregando a la muerte y esta eterna al que nos ha sido encomendado.

 Es claro que a nosotros se nos preguntará por cada una de las ovejas que nos fueron encomendadas y por cada persona que hace parte del rebaño que no es nuestro sino de Cristo y de el cual nosotros somos servidores y no funcionarios públicos poseedores de privilegios diferentes a los que como tal son inherentes al sacerdocio. No existe distinción en ello, no hay amigo ni enemigo, para el sacerdote todos son sus hijos, hijos por los que debe velar y luchar, a los que debe cuidar y proteger de las garras voraces del enemigo, no hay pobre ni rico, solo hijos en una diversidad y pluralidad de carácter y personalidad, pero al final hijos.

 La pregunta lógica aquí es ¿dónde están los que nos fueron encomendados? Cuantos de nosotros a esta hora no sabemos donde están los fieles que un día llegaron a nuestra parroquia buscando apoyo espiritual y orientación para sus vidas.

 Cuántos de nuestros fieles han abandonado la vida parroquial y el rebaño sin que nos haya interesado lo que pueda suceder con ellos, con estas ovejas del Señor. Mas diremos es que son ovejas descarriadas. Si, es cierto, pero no fue a las ovejas descarriadas a las que vino a buscar Cristo?

 No existe disculpa alguna que nos justifique, son hijos y eso es lo importante, si nos caen bien o mal es nuestro problema y no el de ellos, es nuestra responsabilidad, todos son hijos espirituales. Un padre no da a sus hijos lo peor, por el contrario procura que su hijo supere sus hazañas y que sea mejor.

 Nos atrevemos a decir: "Pero es que no escucharon y se marcharon malgastando el tesoro de la fe", mas, ¿no está feliz el Padre cuando el Hijo Prodigo regresa a casa?

 No seria bueno que si ellos no vienen a nosotros,  nosotros salgamos en su búsqueda? No hizo esto Dios con el hombre cuando este se alejo por caminos oscuros?

La misión en la vida ministerial es un permanente sacrificio y entrega, no existe para el sacerdote el mañana, esta dispuesto a combatir en todo tiempo, está despierto a todo tiempo y toda hora a fin de no dar una sola oportunidad al rapaz que asecha igualmente día y noche buscando hacer mal a las ovejas.

 Recordemos la pregunta de Dios a Caín:  DONDE ESTA TU HERMANO?

 Así será la pregunta que nos hará el Señor en aquella hora: Donde está quien te encomendé?

 Esta responsabilidad, nace no de una obligación, sino es una vocación verdadera, que hace que por amor a Dios a quien servimos y a sus hijos, seamos diligentes en ser fieles al apostolado que asumimos.

 Nadie nos obligó a que asumiéramos este ministerio en la Iglesia, fue una respuesta libre, una  determinación espontánea, por ello hemos de analizar las razones que nos han traído aquí. Dios sencillamente llama a unos hombres que como nosotros somos pecadores, débiles y que la única fortaleza que poseemos es esa Gracia Divina que nos alimenta y fortifica en nuestro caminar. Pero que ninguno de nosotros se crea superior a su hermano por ser sacerdote, sencillamente servidor y esto baste para saber cual es el lugar que nos corresponde. Dios nos llamó, pero el hecho de ser sacerdotes no nos libra del peligro de ser como Judas Iscariote, que a pesar de ser Apóstol del Señor, lo negó y lo vendió.

 Con la misma libertad que la Virgen Santísima responde al llamado de Dios, así nosotros hermanos, llamados libremente podemos decir con ella: "YO SOY LA ESCLAVA DEL SEÑOR, QUE SE HAGA EN MI SEGÚN TU PALABRA."

 

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Clave de este Documento: 0016B

Timoteo
P. Timoteo Torres

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