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PALABRAS DEL ARZOBISPO ATENÁGORAS

sudario

PALABRAS PRONUNCIADAS POR SU EMINENCIA EL
ARZOBISPO ATENÁGORAS,
METROPOLITA DE MÉXICO DE LA IGLESIA ORTODOXA GRIEGA, PATRIARCADO DE CONSTANTINOPLA EL DIA 13 DE DICIEMBRE DE 2006 CON MOTIVO DE SU INGRESO AL INSTITUTO CULTURAL HELÉNICO DE MÉXICO COMO ASOCIADO HONORARIO

 

Honorable Director del Instituto Cultural Helénico Sr. Francisco Javier Gaxiola,
Sr. Lic. Javier Fernández Perroni, Director de Normatividad de la Dirección General de Asuntos Religiosos,
Excelentísimos Señores Embajadores,
Honorables representantes políticos,
Respetables Líderes religiosos,
Estimados Profesores del Instituto,
Invitados todos,

Ante todo expreso con regocijo mi profunda gratitud por recibir el honor de ser llamado por esta prestigiosa Institución cultural, a recibir la Distinción de Asociado Honorífico de la misma, lo cual constituye un hito en la relación del Instituto Helénico y la Iglesia Ortodoxa Griega de México.

Es más que justo resaltar la extraordinaria labor de este Instituto Helénico, el cual, contando con un selecto claustro de profesores, durante ya muchos años se ha consagrado a cultivar y promover la Cultura Helénica, su literatura, filosofía, teatro, su sentido de lo bello y lo bueno, y, en general, sus valores y concepciones más universales en pro de la constante edificación del pueblo mexicano, y de todo aquel que tenga el privilegio de participar en sus actividades y proyectos. Por ello aprovecho esta ocasión para presentar mi personal gratitud y bendición al Instituto Cultural Helénico y a su obra.

I.
 
“Ved que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mt,. 1, 23)

Éste es el llamado que nos hace el gran Profeta Isaías, anunciando el extraordinario acontecimiento del nacimiento del Niño-Dios, evento soteriológico central en nuestra Tradición teológica, que también por estos días estamos celebrando, junto con el resto de nuestros hermanos cristianos de México y de todo el mundo.

A la luz de este llamado y de la plenificación del mismo en la presencia en Belem del Logos encarnado, estamos reunidos aquí también para celebrar juntos la universalización de la tradición helénicas, de sus valores, de sus principios estéticos, filosóficos, políticos y antropológicos, muchos de los cuales pasaron a ser el fundamento sobre el cual se ha erigido nuestra Civilización Occidental, en esencia helénica y Cristiana.

Constituye ya un error establecido no sólo en la opinión común, sino incluso en marcos académicos especializados, la idea de que la Tradición Helénica como tal culmina con la decadencia de las Ciudades-Estado (en especial de Atenas) y con la dominación de los territorios griegos por el Imperio Romano, o, en el mejor de lo casos, en los siglos segundo y primero antes de Cristo, en el periodo conocido como Helenismo.

Se produce así una desvinculación crónica del mundo griego Clásico y Helénico con la Tradición posterior Heleno-Cristiana o Bizantina, y se afirma que sólo en la Filosofía Occidental –especialmente alemana- encuentran continuidad y desarrollo los principios del Helenismo Clásico. De esta manera, da la sensación de que no hay puntos de contacto, mucho menos continuidad o plenificación del Clasicismo griego en la Iglesia Bizantina, en la Teología de los Concilios Ecuménicos y en general en la entonces nueva Doctrina de los Cristianos.

Sin embargo, es imposible negar que sí existe continuidad y plenificación, en el Cristianismo, de los valores griegos clásicos y helénicos, no ruptura ni tampoco negación. Muchos pensadores, filósofos, teólogos, culturólogos, etc.,. se han dado a la tarea de señalar, con datos históricos fehacientes y argumentaciones sólidas, esta conexión y continuidad: tal es el caso de Werner Jaeger, Georgos Florovsky, Jean Meyendorf, Pavel Eudokimov, Matsoúka, Petros Basiliadis y muchos otros.

Por ello, este evento encierra una extraordinaria significación, tanto para el Instituto Helénico, como para la Iglesia Ortodoxa Griega y en general para la tradición helénica en México. En primer lugar, se reconoce aquí la referida continuidad del Clasicismo helénico en la Iglesia Ortodoxa como Iglesia Griega Oriental, lo cual expone ante el mundo religioso y en especial académico, una dimensión que abre pautas a investigaciones teológicas profundas y permite una comprensión más exacta y correcta no sólo de la tradición cristiana, sino también de la herencia filosófica y política de nuestra cultura.

En segundo lugar, se re-establece aquí en México el precioso lazo, que durante años había quedado desatado, de intereses culturales entre el Instituto Cultural Helénico y la Iglesia Ortodoxa Griega, en pro de la colaboración y el trabajo conjunto en el área de la cultura, de la investigación filosófico-teológica y de los estudios literarios y culturológicos. Por supuesto, la laicidad sustancial del este Instituto es y permanecerá siempre intocada e incuestionada por nuestra Iglesia; por el contrario, la apoyamos y defendemos, en nombre de la libertades de conciencia religiosa y del profundo respeto a la persona humana que ha caracterizado siempre a nuestra Tradición  espiritual ortodoxa. Sabemos dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es Dios.

Y digo “re-establecer” nuestros lazos, porque no podía faltar nuestra referencia al eximio fundador de esta monumental obra de la cultura, que es el Instituto Helénico de México: nos referimos al Obispo Ortodoxo Pablo de Ballester, de bendita memoria. Con él comenzó esta obra a la que hoy nosotros damos continuidad, él enriqueció notablemente los cimientos que fundamentan la tradición de estudios helénicos en México, y colocó las bases para el necesario encuentro entre el Helenismo y la Ortodoxia en esta Nación; encuentro que ahora reconocemos, heredamos y promovemos.

II.

         Pero: ¿qué aporta la Cultura Helénica al Cristianismo? Y ¿qué significó y significa el Cristianismo para la Tradición cultural helénica? Aunque por obvias razones no es posible abordar en profundidad este tema en este contexto, es necesario, sin embargo, referirnos al mismo.
        
El pensamiento griego antiguo o clásico, ya había desarrollado un profundo sentido de la Verdad, del mundo espiritual y del alto destino del Ser Humano. En especial, desde Parménides y la llamada Escuela de los Eleatas, con su honda doctrina del Ser, pasando por Anaxágoras y la escuela retórica de Protágoras, Gorgias, Hipias, Pródico, Antifonte, Trasímaco, Caliclés, Critias, etc., que elevan la lengua griega a su más alta expresión; sin dejar de mirar hacia los poetas trágicos, que plasman en su obra la condición humana, y profundizan en ella, en sus miserias (como en Edipo), pero también en su grandeza y capacidad de optar por el bien y por el cumplimiento del deber (como en Antígona); y, por supuesto, hasta llegar a las magnas figuras de esta tradición, Sócrates, Platón y Aristóteles, en los cuales se exalta el espíritu humano, se reconoce claramente a Dios como Principio de todas la cosas y Fin supremo del hombre, y se cultiva sistemáticamente el amor por la Verdad y la Virtud, la Areté, que debe conducir a la condición de la Kalokagathía, del “ser bueno y bello”.
        
Los Griegos aportan al Cristianismo además el aparato conceptual de su desarrollada filosofía: conceptos como “logos”, “parousía”, “upóstasis”, “omoousía”, “ousía”, etc., gracias a los cuales pueden no sólo escribirse los Evangelios, sino además alcanzarse el alto nivel teológico de los Concilios Ecuménicos, son de origen griego, si bien reinterpretados y enriquecidos al colisionar con la rica tradición judía, la cual constituye el tronco fundamental del Cristianismo.

         Pero la aportación principal de la cultura griega clásica al Cristianismo fue sin dudas su lengua: extraordinariamente rica, flexible en sus conformaciones verbales, profunda en su sustantividad, la lengua griega fue el marco idóneo para el desarrollo del pensamiento cristiano primitivo, que dio lugar a la Tradición de la Patrística Griega, desde san Clemente de Alejandría, san Ireneo, san Atenágoras, san Atanasio el Grande, hasta los padres Capadocios, san Gregorio de Niza, san Gregorio Nacianzeno, san Basilio Magno, san Gregorio el Teólogo, y por supuesto, la extraordinaria figura de san Juan Crisóstomo. En su libro “Creación y Liberación”, el gran teólogo Giorgos Florovsky afirma

 

El hecho de que el Evangelio se haya dado a todos los hombres a través de la lengua griega no es en lo absoluto casualidad...No hay casualidad en la destinación religiosa del ser humano...No hay casualidad en la elección de la lengua griega como vehículo de la exposición de la Doctrina cristiana como no la hubo en el Antiguo Testamento en la elección de Israel como “Pueblo Elegido”. En la elección de los “Griegos” debemos reconocer los designios secretos de la voluntad de Dios.1

         Sin embargo, queda la cuestión de en qué sentido podemos decir que el Cristianismo plenifica la Tradición helénica clásica. En pocas palabras, Cristo como Logos de Dios hecho hombre resume la tradición sapiencial, religiosa y filosófica de los Griegos, como afirma el Apóstol Pablo en el Areópago de Atenas: “Atenienses, veo que ustedes son [...] los más respetuosos de la divinidad ... he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: “al Dios desconocido”. Pues bien, lo que adoran sin conocer, eso les vengo yo a anunciar” (Hechos 17:22-23).

No se trata de negación, sino de plenificación del espíritu helénico. El Cristianismo en esencia no niega las tradiciones helénicas –como ninguna tradición espiritual auténtica-, sino revela en Cristo la Presencia encarnada de la sabiduría manifiesta en esas mismas tradiciones. De hecho, algunos padres reconocieron en Platón a un verdadero “precursor de Cristo”.

Por otra parte, el Cristianismo presenta a la Tradición helénica la imagen de un Dios vivo y estrictamente personal, ello es, autoconciente y en infinita libertad, que interviene en la Historia humana operando la Economía de Salvación de todos los hombres. Esta noción no llega a su plena madurez sino en la Doctrina Cristiana del Theánthropos, del Dios hecho Hombre.

Por último, en este punto, por primera vez con el Cristianismo se presenta claramente la visión total e integrada del ser humano como unidad viva de cuerpo y alma, lo cual supera la doctrina platónica – y posteriormente gnóstica- de la naturaleza negativa del cuerpo y de la necesidad de “liberar” el alma de su “prisión” física2. El Cristianismo enseña por el contrario la bondad del cuerpo como creación de Dios, su unidad con el espíritu, y su resurrección junto a éste en el fin de los tiempos. Por ello San Pablo dice a los Griegos de Corinto: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenece?...Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.” (I Cor. 6 19-20). En este sentido, es conocido el bello tropario (cántico de contenido teológico-doxológico) de San Juan Damasceno, quien, al contemplar el cuerpo yerto dominado transitoriamente por la muerte, exclama

Me lamento y me angustio cuando adquiero conciencia de la muerte, y veo nuestra belleza, creada a imagen de Dios, yaciente en los sepulcros informe, sin gloria, carente de aspecto3.
Por lo anterior podemos afirmar que el Helenismo sin la herencia Cristiana Ortodoxa es incompleto e inexacto, así como el Cristianismo que pretenda negar su herencia helénica se arriesga a negar una parte esencial de sus raíces.

Prueba de esta mutua interrelación entre la Ortodoxia y el Helenismo la constituye el hecho, históricamente demostrado, de que en la Diáspora es misión esencial e inexorable en la vida de la Iglesia cuidar, proteger, y cultivar de manera sistemática la lengua griega – desde sus formas antiguas hasta la llamada “Kathareúousa” y su versión moderna o “dimotikí”-, las tradiciones más representativas del espíritu helénico, desde los ideales más altos de una Humanidad redimida y feliz, hasta las recetas de cocina más pueblerinas. De hecho, es sabido que, durante los duros años de esclavitud, la cultura –incluso la antigua- y la lengua griegas, sobrevivieron gracias al sacrificio y la perseverancia de la Iglesia Ortodoxa.

Es en este espíritu que nuestro Patriarca Ecuménico Bartolomé expresara en un importante texto recientemente dirigido a los Griegos de la Diáspora lo siguiente:

[…] queda históricamente demostrado que el alejamiento, por parte de los Griegos de la Diáspora, de la Iglesia Ortodoxa conduce también inevitablemente, y no en mucho tiempo, a la desintegración de las mismas Comunidades Helénicas

Debemos referir además que el espíritu helénico se perpetúa también en la cultura secular posterior a la Independencia Griega del dominio turco. Ello se manifiesta en la rica y variada tradición artística y cultural que caracteriza a la Grecia Moderna hasta nuestros días: ejemplo de ello lo constituyen gemas de la literatura griega, como los poetas revolucionarios jónicos Aristóteles Valaoritis y Dionisos Solomós, el gran Giorgos Seferis, Premio Nobel de Literatura en el año de 1963, Andreas Embirikos, Nikos Engonópoulos y Iannis Ritsos, de la llamada Generación del 30; Nikos Kazantsakis, Konstantinos Kavafis, Odisseas Elítis, también premiado con el Nobel de Literatura en el año de 1979, y muchos otros; músicos –compositores o intérpretes- internacionalmente conocidos y laureados, como Nikos Skalkottas, Mikis Theodorakis, Kostas Kotsiolis, Nana Moúskouri, Ianis, Vaggélis, María Kallas, y tantos otros; por sólo referir algunos ejemplos. Todos ellos representan el cultivo y desarrollo de que gozan, por parte del Gobierno de la República Helénica, las tradiciones y las nuevas creaciones del Espíritu y el genio Griegos.

III.

Por último, no quisiera concluir sin señalar cuán profunda fue también la influencia de la Iglesia Ortodoxa Griega en la tradición litúrgica y teológica de Occidente.

Como sabemos, a través del Apóstol Andrés y del Apóstol Pablo se conectan la tradición judía y la griega, pero también se crea el puente necesario de comunicación entre el Oriente Griego y el Occidente Latino, de manera que las Decisiones de los primeros siete Concilios Ecuménicos, que celebra la Iglesia Unida del primer Milenio, llegan a Occidente y condicionan – al menos durante los primeros siglos- el rostro litúrgico y teológico de la hermana Iglesia Católica Romana, sobre la base de las tradiciones litúrgicas orientales, en especial de San Marco, San Basilio Magno y San Juan Crisóstomo. Sobre esta influencia bizantina en la Tradición de la hermana Iglesia Católica Romana, el propio Santo Padre, Su Santidad Benedicto XVI afirmó en su reciente visita a Su Toda Santidad Patriarca Ecuménico Bartolomé, en la ciudad de Constantinopla:

El Apóstol Andrés […] representa el encuentro entre el Cristianismo Primitivo y la Cultura griega...lo cual enriqueció la liturgia, la teología y la espiritualidad de las Iglesias de Oriente y Occidente...y tuvo un impacto duradero en ellas. Los Padre Griegos nos legaron un tesoro del cual la Iglesia continúa extrayendo riquezas antiguas y nuevas.

         Estos elementos, que eran mucho más ostensibles en la Iglesia del primer Milenio, pero que no por ello han desaparecido, coadyuvan hoy a la continuidad del diálogo teológico con nuestra Hermana Iglesia Católica Romana, en pro de la restauración total de la unidad litúrgica y eucarística de nuestras Iglesias, tal como es la voluntad de Nuestro Señor.

IV.

         Honorable Director
         Honorables Autoridades políticas y religiosas,
         Respetable auditorio,

Una vez más agradezco profundamente al Instituto Cultural Helénico de México por el honor con que me honran este día. Estoy convencido de que este suceso de hoy consolidará antiguos lazos, abrirá nuevas puertas, y nos proyectará hacia un futuro de colaboración y mutuo enriquecimiento, lo cual también constituirá sin dudas un testimonio de amor y de respeto a la libertad de conciencia, en el contrapunto de laicidad y religiosidad, factores éstos que, lejos de confundirse en nuestra sociedad democrática y abierta, se definen en su condición específica para interactuar sobre la base del más absoluto respecto a sus tareas propias, pero con un fin común: el perfeccionamiento espiritual y moral del ser humano, y la consolidación de la paz perpetua entre todas las naciones y culturas del Orbe.

         En medio de la crisis axiológica de hoy, de la confusión y la angustia que producen el fanatismo y la violencia religiosos, y contemplando con dolor la desunión y la lucha fraticida que aún domina nuestra Casa común, enarbolamos el estandarte del amor, de la cultura y de la espiritualidad, pues son estos los únicos principios que nos permitirán construir una paz duradera, un mundo en que la enemistad, el miedo y el odio entre los hombres no sean sino un oscuro pasado, superado y olvidado ya para siempre.

Que el Dios Naciente, figura perfecta del Amor del Padre que nos envía a su Hijo Único no para condenar al mundo, sino para que por Él el mundo se salve, se digne a orientar nuestros pasos hacia la Verdad completa, y nos ilumine a todos con su Luz en esta Navidad, en el Nuevo Año adviniente, y por muchos años. Muchas gracias.

ARZOBISPO ATENÁGORAS
METROPOLITA DE MÉXICO
IGLESIA ORTODOXA GRIEGA
PATRIARCADO DE CONSTANTINOPLA


1. Georgios Florovsky, Dhmiourgía kaí Apolútrosis, Ekdóseis P. Pournará, Thessaloníkh, 1983, p. 36.

2. Cfr. para este tema los diálogos de Platón “Fedón o del Alma” y “El Simposio o Del Amor”, como paradigmas de la exposición de la doctrina de la “metempsicosis” en Platón y de la interpretación del cuerpo como “prisión” del alma.

3. Θρηνω` και; οjδύρομαι ο{ταν εjννοήσω το;ν θάνατον , και; ι[δω εjν τοι'ς τάφοις κειμένην τη;ν κατ jειjκόνα Θεου' πλασθει`σαν ηJμι`ν ωJραιότητα α[μορφον α[δοξον μη; ε[χουσαν ει\δος. [Cfr. P. Georgios Florovsky, Creación y Redención, Ediciones P. Purnara, Tesalónica, 1983, p. 254.] Además, en la Iglesia].

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